Río Gallegos estuvo más de una década sin cine, no se escucha el murmullo antes de la
función, ni se apagan las luces para sumergirnos en una historia.
Desde que cerró el viejo cine Carrera, nuestra capital —y buena parte de Santa Cruz—
quedó sin salas de cine. No fue un detalle menor: fue una pérdida cultural silenciosa que se
sintió cada día.
El problema era claro. No teníamos una sola sala de cine funcionando, ni pública ni
privada. Nada. Y el tiempo solo fue consolidando esa ausencia: no había estrenos, no había
cine para chicos, ni para adultos, ni para las escuelas. No había un lugar donde compartir
una película en pantalla grande, como sucede en tantas otras ciudades del país.
Esto pasaba por varios motivos. Por un lado, porque al emprendimiento privado no le
cerraban los números. Y por otro, porque el Estado provincial nunca intervino para sostener
lo que, aunque no dé ganancia comercial, tiene un valor inmenso desde lo social y cultural.
Lo que debería pasar es simple: que cada localidad tenga al menos una sala de cine pública.
Empezando por Río Gallegos, donde propuse que se utilice el Centro Cultural Santa Cruz
como espacio para reactivar este derecho. Que el Estado articule con organismos como el
INCAA, que ya tienen programas de apoyo para salas en todo el país. No hay excusas, solo
faltaba y falta decisión.
Por eso, impulsé una propuesta para que se estudie la viabilidad técnica, administrativa y
económica de instalar una sala cinematográfica en cada localidad sin acceso a esta forma de
cultura. Esta propuesta la presenté en la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de
Santa Cruz, bajo el expediente N° 426, el 27 de agosto de 2008, durante la sesión ordinaria
correspondiente.
Porque el cine no es un lujo. Es cultura, es educación, es comunidad. Y como todo derecho,
no se mendiga: se garantiza.

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